CRÍTICA: ‘César y Cleopatra’, una cita con la historia

Volver para no morir

Un hombre nos recuerda que fuímos guerreras además de seductoras. Una mujer les recuerda que fueron seductores además de guerreros

 

 

Por Saladina Jota


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“César y Cleopatra” vuelven al teatro, ese invento humano dónde todo es posible. Y vuelven de la mano de Magüi Mira y Emilio Hernández. Autor y directora rescatan de la memoria del olvido y traen al presente a dos personajes gigantes, dos seres míticos, tan diferentes como iguales: “César y Cleopatra”. Diferentes por su origen, su sexo y su forma de entender y utilizar el poder. Igualados por sus sueños, su inmensa ambición y su capacidad de seducción. Un hombre y una mujer protagonistas incuestionables de la historia, de nuestra historia, de su historia. Una historia que revisitan, Emilio Hernández como autor y Magüi Mira como directora, para ofrecernos su punto de vista y proponernos una reflexión necesaria.

Se hace la luz y aparece él, Julio César, el hombre que quiso ser Dios. Se abre la puerta  y, Cleopatra, la mujer que se codeó con las Diosas viene a su encuentro. Él no puede olvidarla. Ella no deja de recordarle. Y los dos vuelven a recorrer de nuevo el camino vivido. Los episodios que han perdurado en su memoria. Una memoria selectiva y creativa que recupera el relato de la pasión erótica y el interés político que unieron para siempre a dos constructores de imperios: “César y Cleopatra” .

Un Julio César y una Cleopatra, humanos y reales, se reencuentran dos mil años después, hoy, para volver la vista atrás, para mirarse de nuevo desde la distancia y la calma que el tiempo impone. Y en compañia, con de un par de relajantes copas y la seducción como juego inevitable, César y Cleopatra se entregan al diálogo. Dos milenios les dan la perspectiva necesaria para enfrentarse a los fantasmas del pasado, disipar el dolor y hasta esbozar una sonrisa comprensiva e irónica al recordar sus pasiones de juventud. Unas pasiones que los años han disuelto como azucarillos en una taza de café, negro, intenso y amargo. Ambos se desearon y ambos se utilizaron. Los dos soñaron con la grandeza y sucumbieron en su pequeñez. Juntos aprendieron que el fuego del erotismo y el frío del interés, a veces, contruyen amores eternos.

“César y Cleopatra”, de Emilio Hernández y Magüi Mira, es una función impregnada del espíritu dual, heredado de oriente, de la Grecia antigüa. No hay nada más griego que un dilema, esencia del pensamiento trágico, y autor y directora, con el carcaj repleto, apuntan con certeza y asaetean al espectador con una lluvia de dilemas que se llevan clavados al salir de la función. Así nos recuerdan que nosotros somos los griegos después de haber olvidado sus saberes.

 

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“César y Cleopatra” nos llevan de vuelta a un mundo anterior al imperio del monoteísmo que decidió cosas tan peregrinas como que la mujer nacía de la costilla de un tal Adán, para supeditarnos a él. Que somos pecadores pagando eternamente por no sé qué culpa. Que el bien y el mal son dos absolutos enfrentados, vamos que la vida es en blanco y negro y en un lado están los buenos -el blanco- y en el otro los malos -el negro-. Donde hay una palabra única, un credo y diez mandamientos. Y, aunque alguno no se lo crea, es un sistema de pensamiento que hasta los ateos repiten. Un sistema de pensamiento que, si no lo remediamos, desembocará en otra nueva guerra. Algo que nos recuerdan Emilio Hernández y Magüi Mira con la esperanza puesta en nuestra inteligencia y sensibilidad.

Oriente tiene otra forma de mirar, de analizar, de indagar en busca de la verdad. Una forma de pensamiento que impregnó la tragedia clásica y que sintetiza a la perfección el yin y yang -dos conceptos del taoísmo, que exponen la dualidad de todo lo existente en el universo-. Algo tan obvio como olvidado y que a veces recordamos cuando la ironía trágica nos da un sopapo bien merecido. Cuando podemos reír porque tenemos la valentía de reconocernos en el espejo que es el otro.

No hay nada más profundo que la ironía trágica, hija de la inteligencia, que nos hace conscientes de nuestra pequeñez y nuestra torpeza, nuestros errores y nuestros aciertos, nuestras virtudes y nuestros defectos. Ironía trágica que salpica la función y nos devuelve nuestra verdadera imagen para elevarnos por encima de nosotros mismos, sin dejar de ahondar en el conflicto y las emociones, pero apelando al intelecto como arma de indagación y superación. Ellos, los cuatro, han hecho el viaje y han vuelto a nosotros con la sonrisa irónica y comprensiva que les reconcilia consigo mismos y con los demás. Que les devuelve la paz y la esperanza.

Todos los elementos de la tragedia clásica están bien utilizados y bien engranados en una trama  que nos trae a la memoria la tragedia esperanzada de Buero. La tragedia comprometida con el  logos – la palabra- como herramienta de razonamiento para superar al pathos -sufrimiento humano- y renunciando a la idea de la imposibilidad. Emilio Hernández y Magüi Mira creen en la posibilidad y la posibilidad está en el diálogo. El diálogo como ejercicio de valentía, que empieza por uno mismo para compartir con el otro, con la historia y con el espectador. Un diálogo mediante el cuál el teatro se torna espejo y retoma su deber sagrado.

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Magüi Mira y Emilio Hernández, como los protagonistas de su función, son soñadores de mundos. Mundos escénicos que construyen con palabras que interrogan e imágenes que reavivan los sentidos. Palabras e imágenes encarnadas por unos actores espléndidos y un equipo técnico y artístico de los que rezuman oficio, saber y técnica.

 

Ángela Molina es una actriz única, mágica y sorprendente. Su Cleopatra padece y disfruta de una dualidad crónica, maravillosa e incurable. Diosa y mujer, misteriosa y cercana, juguetona e  ingenua, astuta y ambiciosa, sofisticada y mundana, trascendente y frívola, en fin, un personaje complejo y seductor como la misma reina debió ser y que Magüi Mira ha sabido dirigir. En ella recae el peso de la trascendencia, de la forma poética de la palabra cercana a la música y el gesto que traza una danza minimalista para transmitir lo inexplicable. Eso que que percibimos eterno y recuerdan nuestros sentidos, pero que nuestro intelecto no alcanza.

 

Emilio Gutiérrez Caba, da vida a un César seductor que ha resistido peor el paso del tiempo, pero conserva intacto su intelecto y su pasión por la diosa. Un César más reflexivo, consciente y agudo, que transmite tolerancia y tranquilidad. Que no ha perdido el deseo por el camino y que Cleopatra, consciente de su poder, utiliza, esta vez con otro propósito, que por supuesto tendrá  otro final.

 

Ernesto Arias, encarna al César joven, pagado de si mismo, fuerte y arrogante, inteligente y arrojado, pero al que su única debilidad, las mujeres, hace sucumbir. Ernesto pisa con seguridad y firmeza el escenario, se siente cómodo en la piel del personaje y resuelve con nota el reto de interpretar a César. Es un valor seguro en cualquier montaje y una actor que sin prisa, pero sin pausa, con trabajo, estudio y dedicación está conquistando un merecido lugar en el mundo del teatro.

 

Carolina Yuste es una actriz con fuerza, personalidad y valentía encima del escenario. Su interpretación revela formación y compromiso, algo que es de agradecer y aplaudir. Su interpretación de Cleopatra joven es vigorosa, precisa y sugerente. Dibuja una mujer calculadora y astuta a la par que visceral e iracunda. Una mujer sensual y fría a partes iguales, que no pierde de vista el objetivo, ni cejará en su empeño, caiga quien caiga. Para ella sólo hay un final posible: la conquista.

 

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Y toda esta fábula sucede sobre un tablado a la antigua, con alturas a los lados, unos escalones en la boca, que bajan hacia el público, y la puerta a la eternidad en el centro y al fondo del escenario. Un diseño escenográfico sintético, que representa a la perfección el limbo en el que se reencuentran los personajes y que resume, con acierto, lo esencial del espacio escénico desde su nacimiento en la Grecia clásica hasta nuestros días, pasando por le Vieux Colombier de Jacques Copeau. Un diseño escénico bien pensado por la directora, Magüi Mira, y contruído por SCNIK.

La iluminación diseñada por José Manuel Guerra y la música original de David San José crean atmósferas, diferencian tiempos y espacios o los unen, actuando en algunos momentos como fuerzas ocultas y enigmáticas que envuelven a los personajes y salen de las mismas entrañas del universo. Una luz que muta al ritmo de la historia y una música  que llega directa al alma. Que  están presentes sabiendo cuál es su lugar y cumpliendo su función con acierto y sutileza. De igual manera el vestuario de Juan Sebastián y las coreografías de Nuria Castejón dibujan en los cuerpos y en el aire un mundo de poder, seducción y misterio, ayer más lujoso y exuberante, hoy más austero y contenido.

En fin, un buen trabajo gracias al que “César y Cleopatra” vuelven a nuestras memorias y vuelven para no morir. Como Magüi Mira y Emilio Hernández, tan iguales como diferentes, vuelven para seguir. Como nosotros, los de hoy, debemos volver para cuestionarnos. Para aprender e intentar no repetir los mismos errores. Para vacunarnos contra la soberbia que nos hace ignorantes y superflúos. Y para establecer un diálogo que nos arme contra la guerra. Un diálogo entre diferentes que tienen las mismas pasiones y los mismos sueños. Un diálogo entre iguales que tienen diferentes culturas, pero las mismas ambiciones. Diferentes miradas, pero las misma esperanza: Volver para no morir.

 

Personalmente agradezco que las palabras transmitan pensamiento y las imágenes revuelvan el alma. Que sean utilizadas para buscar la esencia del teatro, que es la comunicación. Creo firmemente, que en los tiempos que corren, donde el maniqueísmo y el enfrentamiento sectario está creciendo, el teatro tiene que ser más que nunca un lugar para el encuentro, el diálogo y la reflexión, el reconocimiento y la reconciliación.

UN LUGAR ALEJADO DEL PARTIDISMO Y EL SECTARISMO UN LUGAR DONDE LA COMUNICACIÓN Y EL DISFRUTE SEAN EL OBJETIVO PRIMORDIAL. UN LUGAR DÓNDE EL DIÁLOGO SE CONVIERTA EN ARMA DE SEDUCCIÓN.

Robert Lepage: “no olvidemos cómo después de las guerras, sobre todo en las dos mundiales, una de las primeras cosas que la gente reconstruyó en las ciudades fueron los teatros”.

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Autor: Emilio Hernández. Dirección y espacio escénico: Magüi Mira. Reparto: Ángela Molina. Emilio Gutiérrez Caba. Ernesto Arias. Carolina Yuste. Música original: David San José. Coreografías: Nuria Castejón. Iluminación: José Manuel Guerra. Vestuario: Juan Sebastián. Fotografías: David Ruano. Diseño Gráfico: David Sueiro. Ambientación vestuario: María Calderón. Realización de vestuario: Miguel Crespi, Cornejo. Realización  de escenografía: SCNIK. Fotografías: David Ruano. Diseño Gráfico: David Sueiro. Jefe técnico: David Pérez Arnedo. Productor ejecutivo: Jesús Cimarro. Producción: Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Pentación Espectáculos. Teatro BELLAS ARTES (Madrid).

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