CRÍTICA: Cuando el teatro parece imprescindible para comprender

Juan Mayorga escribe y dirige Reikiavik, una obra de teatro imprescindible, llena de matices, emociones, lecturas y personajes. Donde la batalla es un tablero, y la lucha son dos personajes, dos espectadores, dos batallas o usted mismo.

Por Luna Longoria

 


cartelreikiavik


Un ajedrez, dos jugadores, blancas y negras y multitud de espectadores, o solo uno o todos juegan. Algunos luchan, con los nombres de otros, en los tableros de un parque o en Reikiavik. Podría ser usted, y esa noche también fui yo el que luchó.

 

Reikiavik es una obra de arte. A veces parece difícil distinguir una entre tantas obras. Con la emoción a flor de piel en cada línea del texto, Reikiavik, nos deja impresionados.  Es una obra que se podría ver varias veces y se descubrirían más matices, más lecturas. Reikiavik invita al espectador a pensar, implicarse en su vida y aprender de sí mismo.

 

De la mano de Juan Mayorga, por la autoría de su fantástico texto y su dirección impecable, nos llega Reikiavik. Una obra sobre Waterloo y Bailen, dos personajes, que algunas veces se encuentran frente a un tablero de ajedrez y desarrollan otra batalla: la de Reikiavik. Pero en realidad, fueron Boris Spasski y Bobby Fisher los héroes de esta Ilíada, representada por Daniel Albadalejo y César Sarachu, respectivamente.  En plena Guerra Fría, Rusia y Estados Unidos, valiéndose de esta competición, tienen la intención de demostrar el poder de un país sobre el otro. Un tercer personaje nos coloca frente a la batalla, un muchacho (Elena Rayos) sin determinación ni deseo de lucha, con expectación y sin nombre, pero con un papel clave. ¿Qué pasa por sus cabezas? ¿Qué batalla lucharán hoy? ¿Quién serán mañana? ¿Quién será el muchacho? ¿Quiénes seremos nosotros?

 

Reikiavik se presenta como un juego de máscaras con infinitos personajes, en la que los actores se mueven con total fluidez y profesionalidad. Sorprende positivamente, la capacidad de éstos para desenvolverse en esta complejidad cuando cambian de un personaje a otro de forma tan vertiginosa. A este admirable e impecable trabajo, se le añade la dificultad de hacer que el espectador lo entienda con un simple gesto, unas simples gafas, sombrero o abrigo; una posición del cuerpo o un cambio de lugar o mirada, respaldada por un gran texto. Entonces, es cuando la admiración y la sorpresa se desbordan y la magia del teatro se hace, más aún, una alabanza a la profesión del actor, al director y al teatro.

 

Sin embargo, este gran texto y dirección, así como estos tres actores no están solos. Los acompaña, nunca mejor dicho, una orquesta de imágenes y sonidos que nos ilustran en sus movimientos y que, en ocasiones, parece que entrevemos sus pensamientos gracias a pinceladas proyectadas como ideas, que nos enmarcan en la situación del personaje.

 

Su escenografía nos sitúa frente a un parque anónimo, que bien podría estar en su barrio.  Donde podrían encontrarse Bailén y Waterloo, o  en este momento, un muchacho que piensa en Reikiavik, sin saber bien qué es o quién es. También podría estar usted, frente a ese tablero de ajedrez, pensando ¿Qué batalla ser? O ¿Qué máscara elegir?

 

Reikiavik nos presenta infinitos personajes, dos mundos diferentes, varias realidades, indecisiones y decisiones. Valores y juicios de éstas. Nos encontramos con Boris, Bobby, un muchacho, Waterloo, Bailén, Henri Kissinger, la mujer de Boris, el cura de Bobby… y en el medio, usted. ¿Podrá encontrarse?

 

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