RESTAURANTE: ‘Poppies’ Haddock que conquista Soho

En Poppies no se viene solo a comer fish & chips; se viene a entender por qué este plato es casi una institución nacional. Y en mi caso, todo giró alrededor del haddock.
El eglefino es un pescado que exige respeto. Su carne blanca, delicada y ligeramente dulce puede perderse fácilmente bajo un rebozado pesado o una fritura descuidada. Aquí ocurre justo lo contrario. El pescado es el protagonista absoluto. La masa, ligera y crujiente, actúa como una capa protectora que realza, pero nunca eclipsa. Al abrirlo, la carne se separa en lascas jugosas, húmedas, perfectamente cocinadas. No hay exceso de aceite, no hay saturación: hay técnica.
Lo más destacable es el equilibrio. El exterior cruje con decisión, pero el interior se mantiene tierno, casi mantecoso. Cada bocado confirma que el producto es fresco y que el punto de fritura está medido al segundo. El sabor del haddock se percibe limpio, ligeramente mineral, con esa suavidad característica que lo diferencia del bacalao. Aquí no se disfraza con salsas innecesarias; se sirve con confianza, sabiendo que el pescado habla por sí solo.
Las patatas acompañan sin robar foco, cumpliendo su función de contrapunto. Pero la estrella indiscutible es el pescado: generoso en tamaño, impecable en textura y profundamente reconfortante.
El broche final fue la handmade apple pie con manzanas Bramley y una bola de helado. Un clásico británico bien ejecutado, templado y equilibrado, que aportó el contraste dulce tras una fritura magistral.
Poppies demuestra que cuando el producto es bueno y la técnica está afinada, no hacen falta artificios. A veces, la grandeza está en freír un pescado exactamente como debe hacerse.