VENECIA: Maya Oganyan en La Fenice: cuando el piano deja de ser instrumento para convertirse en destino

Hay escenarios que parecen creados para la música y hay artistas que parecen destinados a encontrarlos. La tarde del 25 de mayo, en la intimidad refinada de la Sala Apollinee del histórico Gran Teatro La Fenice, ambas circunstancias coincidieron en la figura de la joven pianista Maya Oganyan, protagonista de un recital que confirmó por qué su nombre comienza a resonar con fuerza en los grandes circuitos internacionales de la música clásica.
La propuesta artística de la intérprete construyó un puente fascinante entre dos universos estéticos aparentemente distintos y profundamente conectados: el romanticismo poético de Fryderyk Chopin y la exploración espiritual y visionaria de Aleksandr Skriabin. Un programa exigente que requería no sólo virtuosismo técnico, sino una madurez interpretativa poco común.
Desde los primeros compases de la Fantasia Op. 49 de Chopin, Oganyan mostró una capacidad singular para modelar el sonido. Su lectura evitó cualquier exceso sentimental para adentrarse en una narrativa musical de gran profundidad, donde cada frase parecía respirar con naturalidad. El posterior Nocturno Op. 9 n.º 3 reveló una sensibilidad especialmente refinada para el color y la dinámica, cualidades que se convertirían en una constante durante toda la velada.
La pianista posee una técnica sólida, pero lo verdaderamente destacable es que nunca parece utilizarla como un fin en sí mismo. Cada recurso está subordinado a la construcción del discurso musical. Esa búsqueda de significado tiene una explicación clara cuando se conversa con ella.
En una entrevista exclusiva concedida a Citeyoco, Oganyan recordó la enorme influencia que tuvo en su formación el maestro Alexander Maykapar, con quien comenzó a estudiar siendo una niña:
«No me enseñó solamente música, teoría o contrapunto. Me abrió todo un mundo de artes contenidas dentro de la música: el teatro, la arquitectura, la literatura. Fue un mentor extraordinario y me dio una visión integral del arte.»
Esa concepción multidisciplinaria resulta evidente en su manera de interpretar. Cada obra parece concebida como un relato con arquitectura propia, donde la técnica se pone al servicio de una idea superior.
La primera gran cumbre emocional del recital llegó con la Sonata Op. 19 n.º 2 de Skriabin, una obra en la que Oganyan encontró un equilibrio admirable entre el lirismo y la tensión visionaria característica del compositor ruso. Su lectura estuvo impregnada de una atmósfera casi impresionista, capaz de transportar al oyente hacia paisajes sonoros cambiantes y profundamente evocadores.
Resulta llamativo observar cómo una artista tan joven afronta repertorios de semejante complejidad psicológica. Al preguntarle cómo gestiona la presión de una carrera internacional construida a una edad temprana, su respuesta fue tan sencilla como reveladora:
«Intento pensar que está ocurriendo algo más grande que yo misma. Las mayores exigencias siempre vienen de mí. Cuando siento nervios, trato de pensar menos en mí y más en las personas que han venido a escucharme.»
Quizás sea precisamente esa actitud la que explica la naturalidad con la que se desarrolla sobre el escenario. No hay búsqueda de protagonismo. Hay servicio a la música.
Tras el intermedio, el Nocturno Op. 48 n.º 1 de Chopin encontró una intérprete capaz de extraer toda su dimensión dramática sin caer nunca en la afectación. La línea melódica cantó con nobleza mientras la arquitectura interna de la obra se desplegaba con una claridad admirable.
La segunda parte avanzó hacia territorios más introspectivos con la Sonata Op. 68 n.º 9 y el Poème Op. 32 n.º 1 de Skriabin, donde la pianista mostró una afinidad especial con el lenguaje del compositor ruso. No resulta casual. Su identidad artística se encuentra profundamente vinculada a la cultura rusa, aunque enriquecida por su formación italiana.
«Mi sensibilidad musical está muy conectada con la cultura, la literatura y las tradiciones rusas. Pero estudiar en Italia me enseñó que no todo necesita ser dramático ni sentirse de manera tan intensa.»
Esa dualidad se percibe constantemente en su interpretación: la profundidad emocional de la tradición eslava equilibrada por la claridad y la elegancia heredadas de la escuela italiana.
El cierre con el Scherzo Op. 39 n.º 3 de Chopin fue sencillamente brillante. La complejidad técnica de la obra encontró una ejecución precisa, luminosa y llena de energía. Sin embargo, incluso en los pasajes más virtuosos, Oganyan nunca perdió de vista el contenido expresivo. El resultado fue un final de enorme impacto artístico que arrancó una cálida y prolongada ovación del público veneciano.
Más allá de la excelencia técnica, lo que distingue actualmente a Maya Oganyan es la honestidad con la que aborda el hecho musical. Cuando se le pregunta qué compositor siente más cercano en este momento de su vida, responde sin vacilar: Debussy y Mozart. Y cuando habla de sus sueños artísticos, sorprende nuevamente por la ausencia de ambición superficial:
«Artísticamente me gustaría aprender a ser verdadera y sincera en mi manera de tocar.»
En una época dominada por la velocidad, la inmediatez y el consumo fugaz de contenidos, su reflexión sobre el valor de la música clásica adquiere una dimensión especialmente relevante:
«Hay momentos de conciencia, de reflexión y emociones que sólo la música clásica puede ofrecer. Las cosas rápidas, temporales y menos complejas no pueden proporcionarte experiencias verdaderamente transformadoras.»
Quizás por eso su interpretación resultó tan conmovedora en la Sala Apollinee. Porque no buscó impresionar. Buscó comunicar.
Al final de nuestra conversación le pedimos que definiera el piano con una sola palabra. Su respuesta resumió perfectamente la esencia del recital que acabábamos de escuchar:
«Absoluto.»
Y durante toda la velada, en uno de los teatros más emblemáticos de Europa, Maya Oganyan consiguió precisamente eso: convertir el piano en un universo absoluto donde técnica, emoción y pensamiento convivieron en perfecta armonía.