CINE: ‘Dulce sabor a muerte’, aquí el helado viene con extra de sangre
¿Quién iba a pensar que algo tan inocente como escuchar la melodía de un camión de helados podría convertirse en una auténtica pesadilla? Eli Roth sí lo ha pensado. Y, por supuesto, no ha venido precisamente a servir cucuruchos.
Dulce sabor a muerte convierte un tranquilo pueblo vacacional en el escenario de una matanza en la que los niños dejan de ser espectadores para convertirse en pequeñas máquinas de matar. La premisa ya deja bastante claro por dónde van a ir los tiros —y nunca mejor dicho—: sangre, humor negro, muertes salvajes y un heladero que probablemente haga que la próxima vez te lo pienses dos veces antes de acercarte a una furgoneta de helados.
Eli Roth vuelve a terreno conocido y se entrega sin complejos al terror más gamberro y al gore más explícito. La película disfruta especialmente cuando se desmelena y transforma elementos cotidianos en auténticas herramientas de destrucción. Lo que comienza con apariencia de inocente cuento veraniego termina convertido en una carnicería en toda regla.
Y aquí está buena parte de su encanto: Dulce sabor a muerte no pretende ser elegante, sutil ni especialmente contenida. Quiere salpicar la pantalla y pasárselo bien haciéndolo. Y, en buena medida, consigue que el espectador también lo haga.
Eso sí, no todo funciona con la misma intensidad. La película entra en determinados bucles y algunas situaciones terminan resultando algo reiterativas, especialmente en su tramo central. La fórmula de violencia, humor negro y nueva muerte funciona, pero cuando se repite demasiado pierde parte del efecto sorpresa y el ritmo se resiente.
Por suerte, Roth sabe perfectamente cuándo tiene que apretar el acelerador. Y cuando llega el momento de cerrar la función, lo hace a lo grande. El tramo final es probablemente lo mejor de la película: explosivo, salvaje y absolutamente desatado. Una sucesión de acontecimientos que demuestra que, si algo le faltaba a este pueblo, era precisamente un buen puñado de litros de sangre.
Dulce sabor a muerte no busca reinventar el terror ni pretende convertirse en una sesuda reflexión sobre la infancia. Es, sencillamente, una gamberrada sangrienta que juega con la idea de convertir lo cotidiano en algo terrorífico y que encuentra su mejor versión cuando se abandona por completo al exceso.
Puede tener algún que otro sabor repetido por el camino, pero el menú final compensa. Porque aquí no hay helado de vainilla, chocolate o fresa: hay sangre, tripas y niños asesinos. Y Eli Roth parece dispuesto a servirnos una ración doble.
Dulce sabor a muerte se estrena el 4 de septiembre de 2026, solo en cines.
