OCIO: ‘Museo de Cera de Madrid’, un viaje por los recuerdos que compartimos

 

¿Te acuerdas de aquella película que veías una y otra vez? ¿De ese cantante cuyas canciones sonaban en casa? ¿Del deportista que admirabas cuando eras pequeño? ¿De los personajes de los que hablaban tus padres o tus abuelos? Hay recuerdos que permanecen con nosotros durante años y que, de vez en cuando, solo necesitan un pequeño empujón para volver a aparecer. En el Museo de Cera de Madrid ese empujón puede estar hecho de cera, pero la emoción es completamente real.

En pleno corazón de Madrid, junto a la Plaza de Colón, se encuentra uno de esos lugares que forman parte de la memoria de la ciudad. Desde 1972, sus salas han recibido a generaciones de visitantes que han entrado buscando curiosidad y han terminado encontrándose con algo mucho más personal: rostros conocidos, personajes admirados y pequeñas partes de la historia que todos, de una manera u otra, llevamos dentro.

Recorrer el Museo de Cera es hacerlo entre más de 450 figuras que representan a personajes históricos, artistas, actores, músicos, deportistas, científicos y grandes protagonistas de nuestra cultura. Pero quizá lo más especial no sea la cantidad, sino lo que ocurre cuando reconocemos a alguien. Ese instante en el que señalamos una figura y decimos: «¡Mira, es él!» o «¡No puede ser, se parece muchísimo!». Y entonces comienza la conversación.

Porque una visita en familia puede convertirse fácilmente en un viaje por diferentes épocas. Los niños descubren a sus personajes favoritos y quieren hacerse una fotografía con ellos. Los padres encuentran rostros que forman parte de su adolescencia. Los abuelos reconocen a figuras que llevan décadas formando parte de la historia. Y entre unos y otros aparecen las historias: «Yo veía sus películas cuando tenía tu edad», «Esta canción la escuchábamos en casa», «¿Sabes quién era este?».

Es ahí donde el museo adquiere un encanto especial. Lo que para un niño es un descubrimiento, para un adulto puede ser un recuerdo. Y cuando ambas cosas suceden al mismo tiempo, la visita deja de ser simplemente una excursión para convertirse en una experiencia compartida.

Las figuras, además, forman parte de diferentes escenarios que recrean ambientes y situaciones. No estamos únicamente ante personajes colocados en una sala: podemos acercarnos, observar los detalles, posar junto a ellos y convertirnos durante unos minutos en protagonistas de nuestra propia fotografía. Y seguramente habrá muchas risas de por medio, porque pocas cosas unen tanto a una familia como intentar conseguir esa foto perfecta.

También merece la pena detenerse a observar el trabajo que hay detrás de cada figura. El proceso de creación puede durar meses y requiere estudiar minuciosamente los rasgos de cada personaje, desde la expresión del rostro hasta el cabello y los pequeños detalles que consiguen que, al contemplarlos de cerca, resulten tan reconocibles.

El museo continúa además mirando hacia el presente, incorporando nuevos personajes que conectan con las generaciones actuales. Así, quienes crecieron reconociendo a unas figuras pueden ahora compartir el espacio con los ídolos de sus hijos o nietos. El museo cambia, pero esa sensación de sorpresa permanece.

Y para quienes disfrutan con las emociones fuertes, también existen experiencias relacionadas con el terror. Una parte diferente del museo que puede añadir un poco de adrenalina al recorrido, aunque si nuestra visita es especialmente familiar siempre podemos tener en cuenta las edades y sensibilidades de quienes nos acompañan.

Pero quizá lo mejor del Museo de Cera no se encuentre en ninguna de sus figuras. Está en lo que sucede entre ellas. En las conversaciones que aparecen sin buscarlas, en las fotografías que terminan guardadas en el móvil y que dentro de unos años volveremos a mirar, en las historias que los mayores cuentan a los pequeños y en esa extraña sensación de reconocer a alguien que, aunque esté hecho de cera, forma parte de nuestros recuerdos.

Porque el tiempo pasa. Los niños crecen, las películas cambian, aparecen nuevos artistas y nuevos ídolos. Pero hay algo que permanece: las ganas de sorprendernos y de compartir aquello que nos hace ilusión.

Y quizá por eso merece la pena visitar el Museo de Cera de Madrid al menos una vez. No solo para conocer a sus personajes, sino para descubrir qué recuerdos despierta cada uno en nosotros.

Una visita para todas las edades, para mirar hacia atrás y descubrir el presente. Para reír, sorprenderse, hacerse muchas fotos y, sobre todo, para crear nuevos recuerdos que algún día también formarán parte de nuestra propia historia.