RPLAY: ‘El Diablo Viste de Prada 2’, veinte años después, la moda cambia, Runway sobrevive y Miranda Priestly sigue sin pedir permiso

 

Hay películas que regresan porque el público las reclama y películas que regresan porque su universo todavía tiene algo que contar. La diferencia entre unas y otras no siempre es evidente cuando se anuncia una secuela veinte años después, especialmente cuando la película original se ha convertido en algo mucho más grande que un éxito de taquilla. ‘El Diablo Viste de Prada’ dejó de ser hace tiempo únicamente una película sobre una joven periodista que entraba a trabajar en una revista de moda. Se convirtió en una referencia generacional, en una colección de personajes reconocibles al instante y en una de esas obras que continúan encontrando nuevos espectadores mientras quienes la vieron en 2006 regresan a ella una y otra vez.

Por eso el regreso de Miranda Priestly, Andy Sachs, Emily Charlton y Nigel Kipling tenía algo de desafío imposible. No bastaba con reunir a Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci. Tampoco era suficiente llenar nuevamente la pantalla de moda, Nueva York, grandes diseñadores y frases afiladas. Había que encontrar una razón para que estos personajes regresaran ahora, cuando han transcurrido dos décadas y el mundo profesional, editorial y cultural en el que se movían ha cambiado radicalmente.

David Frankel vuelve a ponerse detrás de la cámara y Aline Brosh McKenna retoma el guion, con el mismo universo de personajes creado a partir de la obra de Lauren Weisberger. El resultado es una película que mira hacia atrás constantemente, pero que encuentra su verdadera razón de ser cuando deja de preguntarse qué fue ‘El Diablo Viste de Prada’ y empieza a preguntarse qué significa ‘El Diablo Viste de Prada’ en 2026.

Y esa es, precisamente, la cuestión que hace que esta segunda parte resulte más interesante de lo que podría sugerir una simple reunión nostálgica.

Volver a Runway no significa volver al pasado

Andy Sachs ya no es aquella joven que cruzaba las puertas de Runway sin comprender del todo dónde se había metido. La experiencia junto a Miranda forma parte de su pasado y también de su aprendizaje profesional. Ha pasado suficiente tiempo como para que aquella antigua relación laboral pueda contemplarse desde una distancia diferente.

Pero la película no utiliza ese reencuentro únicamente para despertar recuerdos.

Andy vuelve a encontrarse con Miranda en un momento en el que Runway atraviesa una situación complicada. La revista que en la primera película parecía tener una capacidad casi ilimitada para determinar qué era relevante dentro de la moda se encuentra ahora en un entorno en el que el poder editorial ya no funciona de la misma manera. El mundo de las revistas ha cambiado. El público consume información de otra forma. La velocidad se ha convertido en una parte esencial de la comunicación y la autoridad que antes podía concentrarse en una gran cabecera ahora compite con una multitud de voces.

Y es aquí donde la secuela encuentra su tema principal.

La película no habla solamente de moda. Habla de la supervivencia de una determinada manera de hacer periodismo y de construir influencia.

Runway representa un modelo que durante años parecía inamovible y que ahora tiene que demostrar que todavía puede ser relevante. Ya no basta con dictar tendencias: hay que conseguir que alguien quiera escucharlas.

Esta transformación permite que la película tenga una lectura especialmente interesante para quienes hemos vivido la evolución de los medios durante las últimas dos décadas. En 2006, una publicación podía construir una conversación cultural alrededor de una portada. En 2026, esa conversación puede comenzar en cualquier parte, cambiar de dirección en cuestión de minutos y desaparecer antes de que una revista haya tenido tiempo de imprimirla.

La película introduce ese cambio dentro de un universo aparentemente tan sofisticado como Runway y consigue así que la crisis de una revista ficticia funcione también como reflejo de una transformación real.

Miranda Priestly: la mujer que podía controlarlo todo, excepto el paso del tiempo

Meryl Streep regresa a uno de sus personajes más reconocibles y hay algo fascinante en la manera en que la película decide utilizarla.

Miranda Priestly no necesita ser presentada.

No necesita volver a demostrar que puede aterrorizar una oficina con una mirada.

No necesita repetir constantemente que es la mujer más poderosa de la habitación.

El espectador ya lo sabe.

Precisamente por eso, lo más interesante de la nueva Miranda no es comprobar que continúa siendo implacable, sino observar qué sucede cuando su autoridad se encuentra con un problema que no puede resolver simplemente imponiendo su voluntad.

El tiempo es un adversario muy diferente.

Miranda puede controlar una redacción. Puede exigir perfección. Puede modificar el destino profesional de alguien con una decisión. Pero no puede detener la transformación de la industria que construyó buena parte de su poder.

Y aquí Meryl Streep trabaja desde un lugar distinto al de la primera película. Hay una historia detrás de cada gesto. Ya no estamos viendo a Miranda por primera vez. Estamos viendo a una mujer que lleva veinte años siendo Miranda Priestly.

La interpretación se beneficia de esa experiencia.

El personaje continúa siendo elegante, exigente, mordaz y extraordinariamente consciente de su posición, pero la película permite que aparezca algo que en la primera entrega quedaba mucho más oculto: la posibilidad de que incluso Miranda tenga que adaptarse.

No necesariamente porque haya perdido su capacidad de mandar.

Sino porque quizá el mundo ya no necesita exactamente el tipo de autoridad que ella representa.

Y esa es una idea bastante más incómoda.

Anne Hathaway y una Andy que ya no necesita la aprobación de Miranda

La evolución de Andy Sachs es fundamental para que la secuela tenga sentido.

En la primera película, Andy estaba descubriendo el precio de entrar en un mundo que inicialmente no comprendía. Su transformación exterior era evidente, pero mucho más importante era la transformación interna: comenzaba a entender las exigencias de la industria y, al mismo tiempo, tenía que decidir qué parte de sí misma estaba dispuesta a sacrificar para triunfar.

Veinte años después, la cuestión es distinta.

Andy ya sabe quién es.

Y sabe quién es Miranda.

Por eso Anne Hathaway no necesita reproducir a aquella joven insegura que llegaba a Runway intentando demostrar que era una periodista seria en un entorno que consideraba superficial.

La actriz interpreta ahora a una mujer que tiene memoria.

Y la memoria cambia las relaciones.

Cuando Andy y Miranda vuelven a compartir espacio no estamos ante una jefa y una ayudante. Estamos ante dos profesionales que se conocen demasiado bien y que saben exactamente de qué es capaz la otra.

La secuela obtiene buena parte de su interés de esa nueva dinámica.

Andy ya no necesita que Miranda le enseñe nada.

Y quizá Miranda ya no puede decidir qué hacer con Andy de la misma manera.

La pregunta más interesante no es si Andy volverá a caer bajo el influjo de Miranda. Es si ambas pueden relacionarse ahora desde una posición en la que ninguna necesita convertirse en la otra.

Emily Charlton: probablemente el personaje que mejor representa el paso del tiempo

Emily Blunt vuelve a demostrar por qué Emily Charlton continúa siendo uno de los personajes más queridos de la saga.

Pero la secuela tiene el acierto de no mantenerla congelada.

La Emily de la primera película vivía pendiente de Runway. Su carrera, sus aspiraciones y su posición dependían de aquel mundo. Estaba obsesionada con formar parte de una élite profesional que consideraba casi inalcanzable.

Ahora ha recorrido su propio camino.

Y eso introduce una inversión de posiciones especialmente interesante.

La antigua asistente ya no está intentando entrar en el círculo de poder.

Ahora forma parte de él.

El cambio es importante porque permite que la película explore cómo las personas que aprendieron las reglas de una institución pueden terminar siendo precisamente quienes mejor saben enfrentarse a ella.

Emily ha aprendido.

Y ese aprendizaje la convierte en una figura mucho más compleja que la de aquella mujer desesperada por conseguir una oportunidad.

Emily es, en cierto modo, la prueba viviente de que el tiempo ha pasado.

Y también la prueba de que las antiguas jerarquías no permanecen necesariamente intactas.

Nigel sigue siendo una pieza imprescindible

Stanley Tucci vuelve como Nigel y su presencia cumple una función que va más allá de la nostalgia.

Nigel es uno de los personajes que mejor entiende el universo de Runway porque nunca fue simplemente una pieza de la maquinaria. Sabía leer la moda, sabía leer a las personas y, sobre todo, sabía leer a Miranda.

Su regreso ayuda a que la película conserve una identidad reconocible.

Pero también sirve para recordar que detrás de la imagen perfecta existe una industria formada por personas que han dedicado buena parte de sus vidas a construirla.

Nigel representa esa continuidad.

Y Stanley Tucci aporta nuevamente esa mezcla de elegancia, ironía y humanidad que hace que el personaje funcione incluso cuando la película se encuentra en sus momentos más nostálgicos.

La moda es parte del guion

Si hay un elemento que no puede analizarse como simple decoración es el vestuario.

En ‘El Diablo Viste de Prada’, la ropa nunca ha sido únicamente ropa. Es una forma de presentar al personaje antes de que el personaje hable.

La nueva película entiende perfectamente ese mecanismo.

El vestuario no pretende simplemente reproducir la estética de 2006. Tiene que resolver un problema mucho más complejo: ¿cómo demostrar que han pasado veinte años sin hacer que Miranda deje de parecer Miranda, Andy deje de parecer Andy o Emily deje de parecer Emily?

La solución pasa por la evolución.

La ropa de los personajes debe conservar determinados códigos, pero también transmitir que han vivido otras experiencias.

Y esto hace que la película pueda disfrutarse incluso desde una perspectiva puramente visual.

Hay una historia que ocurre en los diálogos y otra que sucede en los estilismos.

La forma en que un personaje entra en una habitación, los colores, las texturas, la silueta, los accesorios y la manera de combinar prendas funcionan como información.

No necesitamos que alguien nos explique que Andy ha cambiado.

Lo vemos.

No hace falta que Miranda nos diga que continúa teniendo poder.

Su presencia visual lo comunica.

Y ese es uno de los grandes logros del diseño de la película: la moda no ilustra a los personajes; los construye.

De la revista como poder a la revista como superviviente

El aspecto que más diferencia a esta película de su predecesora es probablemente el contexto.

La primera historia podía permitirse presentar Runway como una especie de templo inaccesible. El espectador entraba allí con Andy y descubría sus reglas.

Ahora conocemos ese templo.

Y descubrimos que tiene grietas.

La industria editorial ha cambiado, y la película no intenta esconderlo detrás del glamour. La supervivencia de Runway se convierte en el eje que permite reunir nuevamente a sus personajes y poner en movimiento sus relaciones.

Lo interesante es que el conflicto no necesita convertirse en un discurso sobre la muerte de las revistas.

La película es más eficaz cuando lo plantea a través de decisiones concretas: quién tiene capacidad para decidir, qué busca una empresa, qué quiere el público y hasta qué punto una publicación puede mantener su identidad cuando necesita adaptarse a una realidad completamente diferente.

En ese sentido, Miranda representa una manera de entender el periodismo.

Andy representa otra.

Emily representa una generación que ha aprendido a moverse entre ambas.

Y Runway es el campo de batalla.

El gran problema de una secuela que llega veinte años después

Hay que reconocer una dificultad inevitable.

‘El Diablo Viste de Prada 2’ tiene que convivir con una película que se ha convertido en un referente cultural. La primera entrega tuvo algo que ninguna secuela puede recuperar: la sorpresa.

En 2006 no sabíamos qué era Runway.

No conocíamos a Miranda.

No sabíamos cómo iba a evolucionar Andy.

Ahora sí.

Y por eso algunos momentos de la película funcionan deliberadamente como reencuentros.

Hay miradas que significan algo porque ya conocemos su historia.

Hay personajes que resultan emocionantes simplemente porque han regresado.

Hay situaciones que adquieren valor por lo que nos recuerdan.

Eso no es necesariamente un defecto.

Pero sí cambia el tipo de película que estamos viendo.

La primera era una historia de descubrimiento.

La segunda es una historia de memoria.

Y personalmente creo que esa es la manera más justa de enfrentarse a ella.

No preguntarle si puede reemplazar a la primera.

Preguntarle qué tiene que decir ahora.

Una película que funciona mejor cuando mira al presente que cuando mira al pasado

La secuela alcanza sus mejores momentos cuando deja de intentar recuperar exactamente el tono de la primera y utiliza aquel legado como punto de partida.

El mundo ha cambiado y los personajes tienen que decidir qué hacer con ese cambio.

Eso le da a la película una dimensión inesperada.

Porque debajo de las grandes marcas, las prendas imposibles y el glamour hay una historia sobre personas que han dedicado su vida a una determinada profesión y que tienen que decidir si adaptarse significa evolucionar o renunciar a una parte de lo que son.

Miranda tiene que enfrentarse a esa cuestión.

Andy también.

Emily también.

Y Runway, quizá más que ninguno de ellos.

La película habla, por tanto, de moda, pero también de periodismo, de poder y de identidad profesional.

Y esa combinación hace que la secuela tenga más capas de las que podría sugerir su apariencia.

El Blu-ray de Divisa Films: una película que merece ser conservada

Llegamos a una parte esencial de esta reseña: la edición física.

Porque si el objetivo es analizar el lanzamiento de Divisa Films, no tendría sentido dedicar unas líneas finales al disco después de hablar extensamente de la película. El Blu-ray forma parte de la experiencia y merece un análisis propio.

La edición española llega en un único disco y presenta la película en 2.39:1 y 1080p.

La elección resulta especialmente adecuada para una producción que concede tanta importancia a la imagen. ‘El Diablo Viste de Prada 2’ es una película de detalles y, en este caso, la definición tiene un papel especialmente importante.

No se trata solamente de que podamos distinguir correctamente los rostros de los protagonistas. Hay una enorme cantidad de información visual en cada escena: tejidos, estampados, complementos, maquillaje, peluquería, decoración, escaparates, interiores de oficinas, iluminación y, evidentemente, vestuario.

Una película de estas características necesita que la imagen sea capaz de preservar esos elementos sin convertirlos en una masa visual indistinguible.

El 1080p cumple además una función importante para quienes quieran disfrutar de la edición física como objeto de colección: estamos ante una película concebida para ser contemplada y el Blu-ray permite que su identidad visual conserve el protagonismo.

El formato 2.39:1 también beneficia la puesta en escena. Los espacios de Runway, las localizaciones urbanas y las escenas vinculadas a la moda adquieren una amplitud que no tendría el mismo efecto en un formato más cerrado.

No es un dato que deba quedarse únicamente en la ficha técnica. En esta película, la relación de aspecto forma parte de cómo vemos el mundo de sus protagonistas.

El sonido: escuchar Runway también importa

El apartado sonoro presenta una de las características más interesantes de esta edición: la versión original en inglés está disponible en DTS-HD Master Audio 7.1.

Para quienes prefieren disfrutar de las películas en versión original, es una pista especialmente atractiva porque permite apreciar directamente las interpretaciones de Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci.

Y en una película de diálogos, la voz es fundamental.

Miranda no sería Miranda sin la interpretación vocal de Streep. Andy no tendría exactamente la misma evolución sin la manera en que Hathaway construye sus conversaciones. Emily necesita esa velocidad y esa energía que Emily Blunt aporta al personaje.

El sonido no está ahí únicamente para acompañar la música.

Está ahí para conservar las interpretaciones.

La edición ofrece además castellano DTS 5.1, italiano Dolby Digital Plus 7.1, español latino Dolby Digital 5.1 y una pista de inglés para invidentes en Dolby Digital 2.0.

Para un lanzamiento doméstico, es una propuesta de idiomas suficientemente amplia y especialmente interesante para hogares en los que la película pueda disfrutarse tanto doblada como en versión original.

Subtítulos y accesibilidad

Otro apartado que merece espacio propio es el de subtítulos.

La edición incluye castellano, italiano, danés, español latino, finés, noruego, sueco e inglés para sordos.

También incorpora audiodescripción en inglés en Dolby Digital 2.0.

Son características que pueden pasar inadvertidas frente a la imagen o al sonido, pero que determinan la accesibilidad real de una edición.

Y en un formato físico destinado a permanecer en una colección durante años, contar con estas opciones aumenta considerablemente la versatilidad del disco.

Los extras: el Blu-ray no termina cuando aparecen los créditos

Una de las diferencias fundamentales entre comprar una película en formato físico y limitarse a verla como contenido bajo demanda es todo aquello que existe alrededor de la película.

Y aquí la edición de Divisa tiene un punto fuerte especialmente claro: los extras.

No son simplemente una acumulación de contenidos para rellenar el disco. En conjunto, permiten mirar la película desde distintos ángulos y comprender mejor por qué esta secuela ha necesitado recuperar un universo visual tan reconocible.

‘Un nivel superior: Actualizando los iconos’

Este contenido resulta especialmente adecuado para una película que basa buena parte de su existencia en el paso del tiempo.

Volver a los iconos originales permite comprender qué significó la primera película y qué supone reunir nuevamente a sus protagonistas.

El interés está precisamente en observar la distancia.

Veinte años modifican una película.

Modifican a los actores.

Modifican a los personajes.

Y modifican también la forma en la que nosotros vemos aquello que en 2006 nos parecía completamente contemporáneo.

‘Dentro del armario de la moda’

Este es uno de los extras que considero más importantes de la edición.

Molly Rogers se adentra en la construcción del vestuario y eso permite comprender algo fundamental de la película: la ropa es una parte de la narración.

No es lo mismo vestir a una Andy Sachs de veinte años atrás que a la mujer que encontramos ahora.

No es lo mismo construir visualmente a Miranda Priestly en el momento en que se convirtió en un icono que hacerlo cuando ese icono lleva dos décadas instalado en la cultura popular.

El vestuario tiene que ser reconocible y, al mismo tiempo, nuevo.

Ese equilibrio es uno de los grandes retos de la película y este contenido permite aproximarse a él desde dentro.

‘En primera fila: Rodando en Italia’

El rodaje en Italia y la presencia de la Semana de la Moda de Milán aportan una dimensión visual especialmente importante.

El interés de este extra está en permitirnos abandonar momentáneamente la película terminada y acercarnos al proceso que existe detrás de esas imágenes.

Porque hacer que una producción de estas características parezca espontánea requiere una enorme planificación.

La moda que vemos en pantalla es solo el resultado final.

Detrás existe un trabajo de producción, dirección, fotografía, vestuario, interpretación y montaje que este tipo de contenido permite apreciar mejor.

‘Runway’, de Lady Gaga y Doechii

La inclusión del videoclip amplía el universo de la película hacia la música.

Es además una pieza que encaja especialmente bien con el carácter visual de la saga.

La moda y la música llevan décadas alimentándose mutuamente y el videoclip permite que esa relación continúe más allá de la propia narración cinematográfica.

Audiocomentario de David Frankel, Aline Brosh McKenna y Molly Rogers

Este es, para una persona interesada en el cine desde una perspectiva más técnica, uno de los contenidos más valiosos.

Tener conjuntamente al director, la guionista y la responsable de vestuario permite acercarse a la película desde tres puntos de vista diferentes.

La dirección explica cómo se construye la escena.

El guion permite comprender las decisiones narrativas.

Y el vestuario explica cómo se construye visualmente el personaje.

En una película donde estas tres dimensiones están tan relacionadas, el audiocomentario adquiere un interés especial.

Tomas falsas

El último contenido introduce una nota más ligera.

Después de una película en la que prácticamente todo está sometido al control de la imagen, las tomas falsas permiten recordar que detrás de la perfección de Runway hay personas que también se equivocan, se ríen y rompen momentáneamente el personaje.

Es un cierre sencillo, pero apropiado.

¿Qué aporta realmente este Blu-ray?

Para mí, esta es la pregunta más importante cuando hablamos de una edición física.

La respuesta no debería ser únicamente “la película se ve bien”.

Un Blu-ray tiene que aportar algo más.

Y esta edición lo consigue fundamentalmente a través de los extras.

El espectador puede volver a ver la película, pero también puede detenerse en aquello que normalmente queda fuera de la narración: cómo se recuperaron los personajes, cómo se construyó su imagen, cómo se rodó en Italia y cómo director, guionista y diseñadora de vestuario interpretan el resultado final.

Eso convierte el disco en algo más cercano a un objeto de archivo.

Y en el caso de ‘El Diablo Viste de Prada 2’, tiene especial sentido.

Estamos hablando de una película cuyo argumento gira precisamente alrededor de la supervivencia de un medio que se encuentra entre dos épocas.

Conservarla físicamente es, en cierta forma, coherente con aquello de lo que habla.

La película y el formato: dos maneras de hablar sobre lo mismo

Hay algo que me parece especialmente interesante al analizar conjuntamente la película y su edición física.

‘El Diablo Viste de Prada 2’ habla de lo que ocurre cuando una institución tiene que enfrentarse a un mundo que cambia.

El Blu-ray representa justamente lo contrario: un soporte que permite conservar una obra más allá de los cambios de las plataformas, los catálogos y las tendencias.

La película pregunta qué merece la pena conservar de Runway.

La edición física nos permite decidir qué queremos conservar de la película.

Y ahí aparece una conexión bastante bonita entre contenido y continente.

‘El Diablo Viste de Prada 2’ no tiene la posibilidad de sorprendernos de la misma manera que lo hizo su predecesora. La película original fue descubrimiento; esta segunda entrega es reencuentro. La primera nos enseñó Runway desde la perspectiva de Andy; la segunda nos obliga a mirar ese mismo universo desde fuera y preguntarnos qué ha sucedido durante los veinte años que han pasado.

Su principal fortaleza está en comprender que no podía contar exactamente la misma historia.

La industria editorial ha cambiado y el conflicto de Runway se convierte en una manera de hablar de esa transformación. Miranda Priestly representa una autoridad que durante años parecía indestructible y que ahora tiene que enfrentarse a una realidad en la que el poder editorial se encuentra mucho más fragmentado.

Meryl Streep vuelve a demostrar por qué Miranda sigue siendo un personaje tan poderoso. Anne Hathaway interpreta a una Andy que ya no necesita ser enseñada. Emily Blunt consigue que Emily Charlton resulte reconocible y diferente al mismo tiempo. Stanley Tucci aporta la continuidad que necesita el universo.

Y la moda continúa siendo mucho más que una colección de prendas espectaculares.

Es lenguaje.

Es estatus.

Es memoria.

Es identidad.

Es la manera en la que estos personajes nos cuentan quiénes son sin necesidad de explicarlo.

La película puede no alcanzar el impacto irrepetible de la primera, pero tampoco tiene por qué hacerlo. Su misión es otra: demostrar que todavía existe algo que decir sobre estos personajes y sobre el mundo que los convirtió en iconos.

Y el Blu-ray de Divisa Films completa esa propuesta de una manera especialmente adecuada.

La imagen 1080p en 2.39:1 permite disfrutar de una película donde el detalle visual es fundamental. La pista original DTS-HD Master Audio 7.1 ofrece una opción especialmente interesante para quienes quieran disfrutar de las interpretaciones en versión original. El castellano DTS 5.1 y el resto de pistas amplían las posibilidades de reproducción, mientras que la variedad de subtítulos y las opciones de accesibilidad completan una edición cuidada en el apartado técnico.

Pero donde el disco adquiere auténtica personalidad es en sus extras.

El regreso de los iconos, el trabajo de vestuario de Molly Rogers, el rodaje en Italia, el videoclip de Lady Gaga y Doechii, el audiocomentario y las tomas falsas convierten el Blu-ray en algo más que una copia de la película.

Y eso es precisamente lo que esperamos de una buena edición física.

Que nos permita volver a ver la película, sí.

Pero también que nos permita entenderla mejor.

En una época en la que una película puede aparecer hoy en una plataforma y desaparecer mañana de su catálogo, existe algo especialmente satisfactorio en tener una obra en una estantería y saber que seguirá ahí.

Quizá sea incluso la conclusión más apropiada para una película que habla tanto de aquello que permanece y aquello que desaparece.

Runway puede cambiar.

La moda puede cambiar.

Los medios pueden cambiar.

Nosotros también.

Pero algunas películas consiguen sobrevivir a todas esas transformaciones.

‘El Diablo Viste de Prada’ es una de ellas.

Y veinte años después, Miranda Priestly ha regresado para recordarnos que hay una diferencia enorme entre estar de moda y convertirse en un icono.