CRÍTICA: Chéjov a ritmo de Jazz

Una travesura divertidamente triste… y muy seductora.

 

Saladina Jota.


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Versión y dirección: David Planell. Dirección Musical y Asistente de Dirección: Gisela Novais. Interpretes: Begoña Caparrós, Gisela Novais, David Fuoco, Miguel Ángel Bueno, Diana Torres y Víctor Muz. Músicos: Javier Bruna, Diego Gutiérrez y Jesús Rodero. Vestuario: Gloria Rodríguez y Mafé. Escenografía: Rocío Peña. Los miércoles a las 22.15 horas y jueves a las 20.15 horas hasta mediados de junio en la Sala off del Teatro Lara (Corredera baja de San Pablo, 15. Madrid).

 

“El día que Chéjov bailó con Elvis” es un musical que delata el gusto por el riesgo y la personalidad un poquito gamberra de David Planell, artífice y culpable del espectáculo que ustedes, a buen seguro, irán a ver una noche de estas en el Teatro Lara. El padre de la criatura es un profesional de sobra conocido por su trayectoria en cine, teatro y televisión y que actualmente prepara su próximo proyecto, “Poetisa”, del cual nos haremos eco en cuanto vea la luz.

 

David Planell ha parido un cabaret musical para noctámbulos por culpa de una pregunta: “¿Qué pasaría si Anton Chéjov y Elvis Presley se encontraran una noche y decidieran tomarse unas cañas?”. Pregunta que seguramente asaltó al director una de esas noches para no dormir en las que los bípedos con sentido del humor se dedican a soñar. Porque “El día que Chéjov bailó con Elvis” es eso, un sueño en el que la música y el teatro -que David Planell disfruta- tienen una aventura y la lian parda parda con el tiempo, el tempo, el espacio, Chejov, el jazz y el compás.

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Para esta aventura, David Planell, ha elegido una selección de los relatos cortos que Anton Chéjov escribió, entre un enredo amoroso y otro, mientras trabaja como médico interno a finales del siglo XIX. Cuentos en los que el autor, muy joven en aquellos tiempos y asombrado por el lado cómico de la vida, dejó impresa una disección aguda y amarga de la vida cotidiana, utilizando su pluma a modo de bisturí. En ellos da voz a un rosario de personajes  vulgares  cuyas  vidas  carecen  de  acontecimientos  extraordinarios  o acciones heroicas. La afición de Antoshe Chejonte -seudónimo con el que firmaba los cuentos- era poner el microscopio sobre la naturaleza humana. La objetividad era para él un objetivo. Defendía los límites, la sencillez y la brevedad y lo explicaba con la claridad de un maestro: “Un trozo de cielo observado a través de un tragaluz da una idea más profunda del infinito que un gran paisaje visto desde lo alto de una montaña.” Chéjov escribió alrededor de seiscientos de estos relatos humorísticos -que desde aquí animamos a leer o releer-. Pues con estas joyas, David Planell, acompañado de un equipo de actores, actrices, músicos y técnicos, hace frente a una serie de personajes y situaciones tristemente divertidas y que a buen seguro no les dejarán indiferentes.

 

“El día que Chéjov bailó con Elvis” es un cabaret musical agradable, con alguna gotita de acidez. Una nada fácil combinación de “sketches” y  música de los años 50 -en directo- en los que lo cómico y lo dramático se suceden, se alían y se superponen bajo la dirección de David Planell. Con descaro -necesario para sumir riesgos- se ha enfrentado a un reto muy exigente, tramando una dramaturgia ingeniosa, algo loca y pensada sin lugar a dudas. A veces lo que parece sencillo es lo que más dificultad entraña. En este oficio de locos siempre se está en proceso, porque todo siempre es mejorable. Equilibrar las interpretaciones, música, voz cantada y hablada es un buen reto. Añádele drama y comedia y ya está el lío montado. En comedia el tempo-ritmo conviene que sea del Allegro en adelante, los contrastes, giros y cambios en seco, sin pausa para que el espectador piense, y el gag son matemática aplicada para que brote la risa; en contraste  con el drama, en el que los silencios, justo para que el público piense, un tempo más pausado y un alma al aire son claves para emocionar. Y siempre con energía y entrega. David Planell lo sabe perfectamente y trabaja por y para ello, consciente de que no es tarea sencilla y que la perfección no se alcanza, pero se persigue sin descanso.

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Con una sencilla escenografía e iluminación -la justa, necesaria y adaptada a las condiciones del espacio- un grupo de actores nos recrean el ramillete de personajes y situaciones que componen “El día que Chéjov bailó con Elvis”. David Fuoco es un actor solvente, con presencia y descaro más que de sobra para sacar adelante a un seductor un tanto peculiar. Miguel Ángel Bueno lleva a cabo con nota un trabajo más difícil de lo que parece. Él es el responsable de los personajes masculinos más convencionales, esos que no destacan por nada, pero son amables, cariñosos y seguros -un padre con “buenas” intenciones. Un marido amable y gris…-. Víctor Muz, un joven actor, que va por buen camino, pone en pie el personaje un hijo abrumado por el amor y las iniciativas de su padre. Un personaje con dos caras que nos hace descubrir a un actor capaz de transformarse ante los ojos del espectador y asombrarle, a la vez que arranca de él una carcajada. Begoña Caparrós, una actriz con tablas y segura de sí misma, hace desfilar una colección de personajes dispares, quizás un poco ensimismados. Diana Torres saca a la palestra una serie de caracteres femeninos que dejan al espectador un tanto helado. Y, rematando el reparto, una actriz-cantante, Gisela Novais, camaleónica y llena de energía. Gisela se encarga de los números musicales y además construye personajes de los que conquistan al espectador. Personajes creados por una profesional con técnica y sensibilidad. Una actriz-cantante que disfruta como una loca encima del escenario, aunque todavía puede dar más de sí, lo aseguro y lo espero. Y como guinda del pastel, un trío de jazz compuesto por Javier Bruna -un saxo cálido, tierno y sensual-, Diego Gutiérrez– seriedad y maestría al contrabajo- y Jesús Rodero –genial y sorprendente a la batería-. Músicos que acarician y seducen al personal con una serie de Standars musicales, con mucho swing y una dosis de rock and roll, que anuncian que nada es lo que parece. Gisela y este pedazo de trío, nunca mejor dicho, son un lujo para esta villa gatuna.

 

“El día que Chéjov bailó con Elvis” es ideal para disfrutar de una noche divertida y relajante, con algo de pimienta y un toque agrio. Yo que ustedes no me perdía a esta banda de cómicos y músicos aliados para seguir regalando risas, sonrisas y sorpresas.

 

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