LIBROS: La osadía de seguir bailando cuando todo se ha roto

 

Hay novelas que se leen. Otras se atraviesan. Bailando lo quitao pertenece a esta última estirpe: la de los libros que no piden permiso para incomodar, para conmover o para decir en voz alta lo que tantas mujeres han aprendido a callar.

En su nueva novela, Ana Milán construye a Josefa, una protagonista que no busca simpatía ni absolución. Lo que quiere es contar. Y en ese gesto —aparentemente sencillo— reside su fuerza. Josefa es una mujer que ha vivido a contratiempo, que ha amado con exceso de conciencia y que ha entendido demasiado pronto que la libertad no es un estado: es una decisión que se paga.

La historia se articula como un viaje hacia atrás —hacia la memoria, hacia los errores, hacia los cuerpos y las pérdidas—, pero también como una declaración de principios. Aquí no hay moraleja ni redención edulcorada. Hay verdad. Y la verdad, cuando se escribe sin maquillaje, puede ser luminosa y devastadora al mismo tiempo.

Milán confirma en esta novela una cualidad que ya apuntaba en sus libros anteriores: la capacidad de convertir la experiencia íntima en relato colectivo. Si en Sexo en Milán y Voy a llamar a las cosas por tu nombre desplegaba una escritura directa, irónica y confesional, en Bailando lo quitao da un paso más allá: afina la estructura narrativa y profundiza en una dimensión más literaria sin perder su sello.

Su prosa combina filo y ternura. Hay frases que golpean con precisión quirúrgica y otras que acarician con una delicadeza inesperada. El humor —marca de la casa— no desaparece, pero aquí funciona como resistencia, como tabla de salvación ante la pérdida. Porque esta es, en el fondo, una novela sobre lo que se rompe: el amor, las certezas, la idea que teníamos de nosotras mismas.

Josefa no es heroína ni mártir. Es una mujer que cae y que, en lugar de dramatizar la caída, decide examinarla. La novela interroga el deseo femenino sin culpa, la soledad elegida frente a la impuesta y el paso del tiempo sobre el cuerpo y la memoria. Y lo hace sin consignas ni discursos programáticos: la ideología está en la experiencia, no en la proclama.

Uno de los mayores aciertos de Bailando lo quitao es su capacidad de dialogar con lectoras de distintas edades. Las más jóvenes encontrarán en Josefa una figura incómoda pero inspiradora: alguien que no negocia su identidad. Las adultas reconocerán cicatrices, renuncias y conquistas propias. Y todos, sin excepción, se enfrentarán a una pregunta incómoda: ¿qué parte de nuestra vida hemos vivido realmente sin pedir permiso?

La novela se mueve en esa frontera entre lo íntimo y lo universal. La experiencia de una mujer concreta se convierte en espejo de una genealogía silenciosa: la de quienes vinieron antes y no pudieron contar su historia, y la de quienes vendrán después y necesitarán referentes menos complacientes.

Conocida por su trayectoria como actriz en series populares y por su presencia mediática, Ana Milán demuestra aquí que su escritura no es un apéndice de su figura pública, sino un territorio propio. Bailando lo quitao es, probablemente, su obra más arriesgada y madura hasta la fecha: menos anecdótica, más estructurada, más consciente de su ambición literaria.

Hay en estas páginas una reflexión constante sobre la memoria como acto de rebeldía. Recordar es reordenar el dolor. Nombrar es recuperar el control. Y bailar —incluso cuando todo ha sido “quitao”— es una forma de afirmación radical.

Bailando lo quitao no es una novela complaciente ni ligera, aunque se lea con fluidez. Es una confesión transformada en ficción, un ajuste de cuentas con el pasado y una reivindicación de la libertad femenina lejos de clichés.

Ana Milán firma un relato que conmueve sin sentimentalismo, que sacude sin aspavientos y que deja una resonancia persistente. Porque, al cerrar el libro, una certeza permanece: perderlo todo puede ser el único modo de empezar de nuevo. Y seguir bailando, aun descalza y herida, es la forma más honesta de resistencia.

Una novela que no se limita a contarse: se vive.